Hay algo curioso con el frío.
Dos personas pueden estar sentadas en la misma habitación, exactamente a la misma temperatura, y mientras una parece perfectamente cómoda, la otra busca un chaleco, se frota las manos o pregunta si pueden cerrar una ventana.
El termómetro marca lo mismo para las dos. Entonces, ¿dónde está la diferencia?
Estamos acostumbrados a pensar en el frío como algo que viene desde afuera. Hace frío porque es invierno, porque bajó la temperatura o porque entró aire por una ventana. Y, naturalmente, nuestra primera reacción consiste en modificar ese entorno: abrigarnos, encender la calefacción o buscar algo caliente.
Pero hay una parte de la historia que ocurre en la dirección contraria. Porque la temperatura pertenece al ambiente. Sentir frío pertenece a la persona.
Nuestro organismo está permanentemente produciendo calor, perdiéndolo, conservándolo y haciendo pequeños ajustes para mantener la temperatura interna dentro de un rango sorprendentemente estrecho. Por eso, frente al mismo ambiente, dos cuerpos no necesariamente responden de la misma manera. Uno puede conservar calor con facilidad. Otro puede necesitar activar antes algunos de sus mecanismos de defensa. Y aquello que experimentamos simplemente como “tengo frío” es, en realidad, el resultado final de todo ese proceso.
Quizás por eso la pregunta interesante no sea solamente cuántos grados marca el termómetro. También podríamos preguntarnos algo que casi nunca preguntamos: qué está haciendo nuestro cuerpo frente a esos grados?
- La temperatura está afuera. La sensación de frío se construye dentro de nosotros.
- Dos personas pueden estar a la misma temperatura y responder de manera diferente. Edad, composición corporal, circulación, metabolismo y adaptación pueden influir.
- Sentir más frío no significa necesariamente que exista una enfermedad. Una señal aislada tiene poco significado sin conocer su contexto.
- Hacer desaparecer una señal no significa necesariamente haber comprendido por qué apareció.
El frío no está en el termómetro
Cuando decimos “hace frío” y “tengo frío” solemos utilizarlos casi como si significaran lo mismo. Pero no es exactamente así.
La temperatura ambiental puede medirse con un termómetro. La sensación de frío, en cambio, aparece cuando nuestro sistema nervioso interpreta información que llega desde distintos lugares del cuerpo, especialmente desde la piel, y pone en marcha respuestas destinadas a conservar la temperatura interna.
Por eso podemos entrar a una habitación y encontrarla agradable mientras otra persona que estaba ahí desde antes siente frío. También podemos tener las manos heladas sin que nuestra temperatura corporal haya descendido peligrosamente.

El organismo no espera a enfriarse por completo para reaccionar. Cuando detecta que está perdiendo calor, puede disminuir el flujo sanguíneo hacia la piel y las extremidades mediante vasoconstricción. De esa manera conserva más calor en las zonas centrales, donde están los órganos que necesita proteger.
Si eso no basta, dispone de otras respuestas. Puede modificar nuestra conducta, haciéndonos buscar abrigo, cruzar los brazos o acercarnos a una fuente de calor. Y, cuando el desafío térmico aumenta, puede activar mecanismos capaces de producir más calor.
Todo ocurre mucho antes de que pensemos conscientemente en ello. Por eso sentir frío no es simplemente registrar que afuera hay pocos grados. Es percibir el resultado de una negociación que ocurre permanentemente entre nuestro cuerpo y el ambiente.
El frío está afuera. Pero la sensación de frío se construye dentro de nosotros.
Y para entender por qué unas personas parecen ganar esa negociación con mayor facilidad que otras, primero tenemos que mirar cómo consigue nuestro organismo algo extraordinariamente difícil: mantenerse caliente.
Mantenernos calientes cuesta energía
Mantenernos calientes parece sencillo porque nuestro cuerpo lo hace todo el tiempo, pero no lo es.
Para que la temperatura interna permanezca relativamente estable, el organismo necesita encontrar permanentemente un equilibrio entre el calor que produce y el que pierde hacia el ambiente.
Cuando ese equilibrio comienza a desplazarse, aparecen las respuestas que vimos antes. Los vasos sanguíneos de la piel se contraen para disminuir la pérdida de calor. Buscamos abrigo. Cambiamos de posición. Nos movemos. Y si el desafío aumenta, el cuerpo puede hacer algo todavía más evidente: tiritar.
Ese temblor que resulta tan incómodo es, en realidad, una estrategia bastante eficiente. Los músculos comienzan a contraerse involuntariamente una y otra vez, aumentando rápidamente la producción de calor.
Pero no todo el calor se produce tiritando. Nuestro metabolismo genera calor permanentemente mientras mantiene funcionando células, órganos y tejidos. Además, existe la llamada termogénesis sin tiritar, en la que participa especialmente el tejido adiposo pardo, capaz de utilizar energía para producir calor.
Todo esto tiene algo en común. Producir calor cuesta energía.
El frío no es un diagnóstico. Es información.
Comer también produce calor
Incluso comer modifica temporalmente nuestra producción de calor. Procesar los alimentos requiere energía y una parte de ella termina disipándose como calor, un fenómeno conocido como efecto térmico de los alimentos. No todos los macronutrientes producen el mismo efecto: las proteínas generan, en promedio, un efecto térmico considerablemente mayor que las grasas y los carbohidratos. Eso ayuda a entender por qué alimentación, metabolismo y producción de calor no son mundos separados, aunque no significa que comer más proteínas sea un tratamiento para sentir frío.
Por eso sentir frío puede entenderse también como una señal de que mantener el equilibrio térmico está empezando a exigir una respuesta del organismo. Si pudiéramos traducir esa sensación a una frase, probablemente sería algo parecido a esto: “En este momento estás perdiendo más calor del que puedes generar cómodamente.”
No significa necesariamente que estemos enfermos. Mucho menos que estemos en peligro. Significa que el cuerpo ha detectado un desequilibrio y está haciendo algo para corregirlo.
La pregunta interesante aparece cuando volvemos a las dos personas de la misma habitación. Si ambas están expuestas a la misma temperatura, por qué una necesita activar antes esas respuestas y la otra no?
habitación
misma
temperatura
Dos respuestas diferentes.
Entonces quizás el dato interesante
no esté solamente en el termómetro.
Por qué algunos sienten más frío que otros?
La respuesta no depende de una sola variable. La edad puede modificar nuestra capacidad para regular la temperatura. La composición corporal también importa: la grasa subcutánea contribuye al aislamiento térmico, mientras que el músculo participa en la producción de calor, especialmente cuando necesitamos aumentarla mediante actividad o temblor.
También intervienen la circulación hacia la piel y las extremidades, el estado nutricional, determinados medicamentos y algunas condiciones médicas. Las hormonas tiroideas, por ejemplo, tienen un papel importante en la regulación del metabolismo, y por eso una intolerancia al frío que aparece o aumenta puede ser uno de los síntomas presentes en el hipotiroidismo.
Incluso nuestra exposición habitual al frío puede modificar la respuesta. El organismo tiene cierta capacidad de adaptación, de manera que dos personas no necesariamente experimentan de igual forma una misma temperatura.
Por eso atribuir el frío simplemente a tener “metabolismo lento” es una simplificación. Y también lo sería asumir que alguien que siente frío con frecuencia tiene necesariamente un problema de salud.
La mayoría de las veces, sentir frío es simplemente una respuesta fisiológica normal frente a un ambiente que nos obliga a conservar o producir más calor. Pero hay una diferencia importante entre sentir frío porque hace frío y comenzar a sentirlo de una manera diferente a como lo hacíamos antes.
Cuando una persona que nunca fue particularmente friolenta comienza a necesitar más abrigo que los demás, cuando la sensación aparece en ambientes que antes toleraba bien o cuando se acompaña de otros cambios, la pregunta deja de ser solamente cuánto marca el termómetro.
Porque “soy friolento” describe una sensación. No explica por qué la estamos sintiendo.
El cuerpo no habla en diagnósticos
Y aquí conviene hacer una distinción importante. Que el frío pueda entregarnos información no significa que tenga una traducción única.
Sentir frío con frecuencia no significa tener hipotiroidismo. Tener las manos frías no demuestra un problema circulatorio. Y necesitar más abrigo que otra persona tampoco significa necesariamente que nuestro metabolismo funcione peor.
El cuerpo rara vez habla de una manera tan precisa. No dice “te falta hierro”, “estás perdiendo masa muscular” o “tu tiroides funciona más lentamente”. Lo que hace es bastante menos específico: aparecen sensaciones, cambios o síntomas que pueden tener explicaciones muy diferentes. El frío es uno de ellos.
Por eso una señal aislada tiene un valor limitado. Lo que comienza a darle significado es el contexto: cuándo apareció, si siempre hemos sido así, si ha cambiado recientemente, en qué circunstancias ocurre y, especialmente, si existen otras señales acompañándola.

Una persona que ha sentido frío toda su vida no plantea necesariamente la misma pregunta que alguien que comenzó a sentirlo hace algunos meses junto con cansancio, cambios de peso u otras manifestaciones.
La sensación puede ser exactamente la misma. La historia detrás de ella puede ser completamente diferente. Y quizás ahí esté una de las dificultades más interesantes de aprender a observar nuestro cuerpo.
Tenemos la tendencia a movernos entre dos extremos: ignorar completamente una señal porque parece insignificante o intentar convertirla inmediatamente en el síntoma de una enfermedad. Probablemente ninguna de las dos cosas sea necesaria. Una señal no es un diagnóstico, pero tampoco por eso deja de ser información. Y lo que hacemos habitualmente con esa información abre una pregunta todavía más interesante.
A veces creemos que un problema terminó cuando dejamos de sentirlo. Pero el silencio de una señal no siempre significa que su causa haya desaparecido.
Apagar la señal no explica el origen
Y entonces ocurre algo muy humano. Sentimos frío y encendemos la calefacción. Tenemos sueño y buscamos un café. Nos duele algo y pensamos en un analgésico. Estamos agotados y seguimos adelante.
No hay nada necesariamente incorrecto en ninguna de esas respuestas. Si hace frío, abrigarse es probablemente lo más sensato que podemos hacer. El problema aparece cuando confundimos dos cosas diferentes: dejar de sentir una señal y comprender por qué apareció.
La calefacción puede hacer desaparecer nuestra sensación de frío en pocos minutos, pero no nos explica por qué una persona necesitaba 24 grados para sentirse cómoda mientras otra estaba perfectamente bien a 20. Y quizás esa diferencia no importe en absoluto. Pero otras veces sí puede importar. Especialmente cuando una señal que conocemos cambia. Cuando aparece con mayor intensidad, se vuelve persistente o comienza a acompañarse de otras manifestaciones.
Nuestra vida moderna está extraordinariamente preparada para disminuir rápidamente muchas incomodidades. Podemos modificar la temperatura de una habitación, estimularnos cuando estamos cansados, comer apenas aparece el hambre y aliviar numerosos síntomas con medicamentos.
Eso representa, en gran medida, progreso. Pero tiene una consecuencia curiosa: cada vez somos mejores modificando aquello que sentimos, aunque eso no necesariamente nos haga mejores entendiendo por qué lo sentimos. Y ahí el frío deja de ser solamente un tema de invierno.
Porque la pregunta podría aplicarse a muchas otras señales que nuestro organismo produce todos los días: Cuántas veces creemos haber resuelto un problema simplemente porque conseguimos dejar de sentirlo?

El cuerpo primero nos avisa
Volvamos por última vez a las dos personas de la misma habitación. El termómetro marca exactamente lo mismo para ambas. Una está cómoda. La otra siente frío. Al comienzo parecía que la información importante estaba en la temperatura. Ahora sabemos que la diferencia entre ellas también contiene información.
No porque esa diferencia esconda necesariamente una enfermedad, sino porque también nos habla de la manera en que cada organismo está respondiendo al mismo ambiente.
Y quizás el frío sea solamente un buen ejemplo de algo mucho más amplio.
Hemos construido un mundo extraordinariamente eficiente para disminuir muchas de las señales que nos incomodan. Podemos calentarnos cuando sentimos frío, estimularnos cuando tenemos sueño y aliviar muchos tipos de dolor en pocos minutos.
Pero existe una diferencia que conviene no olvidar: Hacer desaparecer una señal no significa necesariamente haber comprendido por qué apareció.
Quizás por eso aprender a cuidar nuestro cuerpo no consista en estar pendientes de cada sensación ni en convertir cada pequeño cambio en una enfermedad. Puede ser algo bastante más sencillo: conservar la curiosidad suficiente para preguntarnos, de vez en cuando, por qué algo cambió.
Porque el cuerpo rara vez nos entrega explicaciones. Pero cuando algo no va bien, habitualmente nos envía señales. Solo necesitamos estar atentos a ellas.
La información está en todas partes.
Aprender a interpretarla es el verdadero desafío.

















