Hace unas semanas una paciente llegó a mi consulta con una decisión bastante clara: quería hacer algunos cambios. No buscábamos nada extraordinario. Ordenamos su alimentación, revisamos sus exámenes, indicamos suplementos de acuerdo con lo que necesitaba y, probablemente lo más importante, comenzó a hacer ejercicio.
Dos semanas después volvió. Había cumplido bastante bien. Y entonces me hizo una de esas preguntas que parecen fáciles hasta que uno intenta responderlas:
Doctor, ¿cuándo se van a empezar a notar los resultados?
Mi primera reacción fue pensar: dos semanas es muy poco. Pero después me quedé pensando. Porque, en realidad, cuándo se empiezan a notar?
Con el ejercicio tengo una respuesta más intuitiva, probablemente porque la he vivido muchas veces.
La primera semana uno siente que está haciendo ejercicio. Y lo siente bastante.
A las tres semanas ocurre algo curioso. Los mismos músculos que al comienzo parecían protestar por todo empiezan a entender de qué se trata. Los pesos iniciales ya no cuestan tanto. Algunos ejercicios que parecían imposibles comienzan a resultar familiares.
A los tres meses uno se siente distinto.
Y si ha sido suficientemente constante, después de un año probablemente pueda mirarse y decir: “Estoy más atlético.”
No es una regla científica. Es simplemente mi experiencia. Pero con la baja de peso la respuesta era bastante más difícil. Dos semanas? Un mes? Tres meses?
En realidad, ninguna de esas respuestas tiene demasiado sentido.
Una persona puede perder tres kilos en un determinado período y otra mucho menos. Una puede comenzar a cambiar de cintura mientras la balanza parece empeñada en no cooperar. Y alguien que empieza a entrenar puede mejorar su composición corporal sin que todo eso se traduzca inmediatamente en una gran caída del peso.
Entonces me di cuenta de que quizás la pregunta de mi paciente escondía varias preguntas diferentes. Porque una cosa es que el cuerpo empiece a cambiar. Otra es que ella empiece a sentirlo. Otra que lo vea en el espejo. Y otra, bastante distinta, que alguien se encuentre con ella y le diga: Oye… bajaste de peso?
Cuál de todas esas cosas significa que el resultado finalmente “se notó”?
Con el tiempo he pensado que detrás de esa pregunta había otra, bastante menos evidente: Cómo sé que todo este esfuerzo está sirviendo para algo?
El cuerpo no espera al espejo
La respuesta más obvia sería mirar la balanza. Si pesa menos, está funcionando. Si pesa lo mismo, todavía no. Pero el cuerpo no funciona de una manera tan sencilla.
De hecho, algunas de las primeras cosas que pueden empezar a cambiar probablemente no las veamos nunca frente al espejo. Las veremos en un examen.
Cuando una persona mejora su alimentación y comienza a hacer ejercicio, puede mejorar su manejo de la glucosa, su sensibilidad a la insulina o sus triglicéridos antes de que exista una transformación física evidente.
Y eso importa bastante, porque nuestro organismo pasa buena parte del día tomando decisiones sobre qué hacer con la energía que recibe.
Comemos. Aumenta la glucosa disponible. El páncreas libera insulina.
Los músculos pueden utilizar parte de esa energía. El hígado puede almacenar otra. Y, dependiendo de cuánto comemos, cuánto gastamos y de nuestro estado metabólico, parte de esa energía también puede terminar almacenada como grasa.
Cuando mejoramos nuestra alimentación y comenzamos a hacer ejercicio, no necesariamente tenemos que esperar a haber perdido cinco o diez kilos para que el metabolismo empiece a responder.
Un músculo que se contrae empieza a utilizar glucosa. Una persona que antes era sedentaria comienza a gastar más energía. Y alguien que mejora su sensibilidad a la insulina puede necesitar menos insulina para manejar una determinada cantidad de glucosa.
Todo eso puede estar ocurriendo mientras uno se para frente al espejo por la mañana y piensa: “Me veo exactamente igual.”
Y probablemente tenga razón. Visualmente, quizás todavía sea exactamente igual, pero metabólicamente puede que ya no lo sea.
Tal vez estamos acostumbrados a buscar los resultados en el orden equivocado. Esperamos que primero cambie el espejo para convencernos de que algo está pasando, cuando muchas veces vale la pena mirar primero lo que está ocurriendo por dentro.
Porque antes de que alguien nos pregunte si bajamos de peso, el cuerpo ya puede haber empezado a hacer algo bastante más importante: funcionar de otra manera.
El problema de mirar la balanza
Hay, además, otro problema. Cuando alguien comienza a cambiar sus hábitos, probablemente lo primero que hace es subirse a una balanza. Y ahí comienza una relación bastante ingrata.
Un día bajamos 600 gramos. Al siguiente subimos 400. Dos días después volvemos exactamente al mismo lugar. Y empezamos a sacar conclusiones sobre algo que probablemente todavía no entendemos.
Porque el número que aparece en la balanza no corresponde solamente a grasa.
También estamos pesando agua, músculo, lo que hemos comido, lo que todavía no hemos eliminado y varias otras cosas que cambian de un día para otro. Por eso podemos estar haciendo las cosas bien y, durante algunos días, recibir señales bastante confusas.
El ejercicio lo hace todavía más interesante.
Al comenzar a entrenar, nuestros músculos empiezan a adaptarse a un estímulo que antes no tenían. Cambia la manera en que utilizan y almacenan energía, y también puede cambiar transitoriamente la cantidad de agua que contienen.
Nada de eso significa que la balanza no sirva. Sirve. El problema es pedirle que nos cuente una historia que no puede contar por sí sola.
Porque mi paciente tampoco quería saber cuánto pesaba, ya que eso ya podía averiguarlo en diez segundos. Lo que quería saber era cuándo ese esfuerzo comenzaría a transformarse en algo visible.
“Cuándo alguien va a mirarme y notar que bajé de peso?”
No tenía una buena respuesta, por lo que decidí buscar si alguien había intentado medirlo.
Cuánto hay que bajar para que se note?
La primera sorpresa fue descubrir que alguien se había hecho prácticamente la misma pregunta. Hace poco más de diez años, dos investigadores de la Universidad de Toronto decidieron estudiar cuánto tenía que cambiar el peso de una persona para que ese cambio pudiera ser percibido por los demás.
Pero hicieron algo interesante.
En lugar de preguntarse cuánto tiempo debía pasar (dos semanas, un mes, tres meses, etc), decidieron cambiaron la pregunta: Cuánto tiene que cambiar el cuerpo para que nuestros ojos sean capaces de detectarlo?
Y se concentraron en el rostro.
Tiene sentido. Cuando nos encontramos con alguien que no hemos visto durante un tiempo, rara vez sabemos cuánto pesa. Tampoco conocemos su porcentaje de grasa. Lo miramos a la cara. Y muchas veces basta eso para que aparezca la pregunta: Bajaste de peso?
Y encontraron un número. El cambio necesario era de aproximadamente 1,33 puntos de índice de masa corporal, o IMC. Dicho así, probablemente no significa demasiado. Pero llevado a kilos empieza a resultar bastante más interesante.
Para una persona de 1,60 metros, equivale aproximadamente a 3,4 kilos.
Para alguien de 1,70, alrededor de 3,8 kilos.
Y para una persona de 1,80, cerca de 4,3 kilos.
No significa que exista una frontera mágica en los cuatro kilos. Ni que al perder 3,9 nadie vaya a notarlo y al llegar a cuatro todo el mundo comience a comentarlo.
Pero entregó algo que hasta ese momento yo no tenía: una referencia.
Y había algo todavía más interesante escondido en ese número. Antes de alcanzar ese umbral, el cambio no es necesariamente inexistente. Simplemente puede no ser todavía suficientemente grande para que otra persona sea capaz de percibirlo.
Parece una diferencia pequeña, pero no lo es, porque tenemos una tendencia muy humana a utilizar aquello que vemos como prueba de aquello que está ocurriendo.
Notarlo no es lo mismo que verse mejor
El estudio tenía una segunda parte, porque una cosa es que alguien note que bajamos de peso y otra, bastante distinta, es que considere que nos vemos mejor.
Utilizando los mismos rostros, estudiaron cuánto debía cambiar el peso aparente para que no sólo se percibiera una diferencia, sino que además cambiara la evaluación del atractivo facial. Y aquí el número fue mayor.
Mientras alrededor de 1,33 puntos de IMC bastaban para comenzar a detectar un cambio en el rostro, para producir una diferencia significativa en la percepción de atractivo se necesitaba aproximadamente el doble: 2,38 puntos de IMC en mujeres y 2,59 en hombres.
Traducido a personas de estatura promedio, los investigadores estimaron alrededor de 6,3 kilos en las mujeres y 8,2 kilos en los hombres.
El dato es curioso, pero hay que tener cuidado con lo que hacemos con él.
No significa que exista un peso a partir del cual una persona se vuelve más atractiva. Mucho menos que bajar de peso necesariamente haga que alguien se vea mejor.
El atractivo es bastante más complejo que un número, y el estudio estaba midiendo cómo un grupo de observadores evaluaba fotografías manipuladas en condiciones experimentales.
Lo verdaderamente interesante era otra cosa: habían aparecido dos umbrales diferentes. Uno para que el cambio pudiera ser visto. Y otro para que ese cambio modificara la percepción que los demás tenían del rostro.
Los resultados, entonces, tampoco parecían tener un único momento de llegada. Podemos estar cambiando sin verlo. Podemos haber bajado de peso sin que nadie lo note todavía. Y podemos llegar al punto en que alguien finalmente pregunte: «Bajaste de peso?» sin que eso signifique que el proceso haya terminado.
Tal vez el error estaba en imaginar que existe un día en que los resultados aparecen. En realidad, van apareciendo.
Ver para creer
Al final, la pregunta de mi paciente sí tenía una respuesta. Y los números del estudio de Toronto nos daban, al menos, una referencia. Pero quizás detrás de su pregunta había otra mucho más humana: Cómo sé que esto está funcionando si todavía no puedo verlo?
Estamos acostumbrados a ver para creer. Necesitamos señales: que baje la balanza, que la ropa quede más suelta, que mejore un examen o que alguien nos diga: “Bajaste de peso?”.
El problema es que existe un período incómodo entre empezar a hacer las cosas bien y poder ver sus resultados y es justamente ahí donde aparece la duda.
Dudamos de la alimentación. Del ejercicio. Del plan. Y finalmente empezamos a dudar de nosotros mismos. No necesariamente porque el cambio no esté ocurriendo. A veces, simplemente, porque todavía no podemos verlo.
Quizás cambiar tenga siempre un pequeño acto de fe. No una fe ciega, sino entender que entre comenzar y ver existe un tiempo inevitable. Y durante ese tiempo tal vez tengamos que invertir aquella vieja frase: creer para después poder ver. Porque quizás la parte más difícil no sea cambiar. Quizás sea no dejar de creer en nosotros mientras esperamos poder verlo.
















