Estás envejeciendo más rápido de lo que crees?

Podemos cambiar nuestra alimentación, hacer ejercicio, dormir mejor y cuidar nuestra salud. Pero durante años ha sido difícil responder una pregunta mucho más simple: cómo sabemos si todo ese esfuerzo está cambiando realmente la forma en que envejecemos?

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Hay algo profundamente frustrante en intentar cuidarse y no saber si realmente está funcionando. Dormimos mejor. Cambiamos la alimentación. Comenzamos a hacer ejercicio. Intentamos controlar el estrés, descansar más y tomar decisiones que, en teoría, deberían ayudarnos a vivir mejor y a envejecer más lentamente.

Pero, cómo lo comprobamos?

Cuando comencé a interesarme por la medicina antienvejecimiento, hace ya una década, uno de los grandes sueños, mío y de muchos de mis colegas, era tener un punto de referencia. Algo que nos permitiera saber si todo ese esfuerzo estaba produciendo algún resultado.

Porque muchas veces necesitamos ver para creer.

Si comenzamos a entrenar, podemos comprobar que aumenta nuestra fuerza. Si cambiamos nuestra alimentación, quizás bajen algunos kilos o mejoren nuestros exámenes. Pero cuando intentamos envejecer más lentamente, el resultado no aparece de una manera tan evidente. No existe una cifra que podamos mirar cada semana y que nos diga: “vas por buen camino”.

Podríamos compararnos con nuestros compañeros de curso y observar, con el paso de los años, cómo estamos envejeciendo quienes nacimos en una época parecida. Pero tendríamos que esperar mucho tiempo para saber si realmente existe una diferencia.

Y durante esos años la vida cambia.

Aparecen períodos de estrés, enfermedades, problemas familiares, alteraciones del sueño o nuevas responsabilidades. Un año cuidamos nuestra alimentación y al siguiente apenas encontramos tiempo para sentarnos a comer tranquilos.

Por eso, cuando los resultados tardan tanto en aparecer, mantener el esfuerzo se vuelve más difícil.

No es sencillo sostener durante años una determinada forma de vivir cuando no tenemos ninguna señal que nos confirme que está sirviendo de algo. Sobre todo cuando el objetivo no es simplemente vernos mejor mañana, sino intentar llegar mejor a los próximos diez, veinte o treinta años.

Tal vez por eso una de las grandes preguntas de la medicina antienvejecimiento ha sido, durante mucho tiempo, encontrar una forma de observar aquello que no podemos ver directamente: A qué velocidad estamos envejeciendo?

Lo importante
  • Tu edad cronológica no cuenta toda la historia. Dos personas de la misma edad pueden estar envejeciendo de maneras muy diferentes.
  • Nuestros hábitos pueden dejar una huella medible. Algunas señales biológicas asociadas al envejecimiento parecen cambiar con intervenciones y cambios en el estilo de vida.
  • No todos los relojes biológicos miden lo mismo. Algunos parecen responder mejor a los cambios relacionados con el envejecimiento que otros, por lo que una cifra aislada debe interpretarse con cautela.
  • Hoy ya podemos estimar y seguir nuestra edad biológica. Herramientas como PhenoAge, junto con fuerza, presión arterial, composición corporal y salud metabólica, permiten construir una referencia y observar cómo evoluciona en el tiempo.

Cuando el espejo no alcanza

Durante mucho tiempo, el espejo fue una de las pocas referencias que tuvimos para observar el paso de los años.

Una nueva arruga. Algunas canas. La piel un poco más delgada, menos luminosa o que parece recuperarse peor después de una noche mal dormida. Son cambios que nos recuerdan que el tiempo está pasando, pero que no necesariamente nos dicen cómo estamos envejeciendo.

Porque parecer más joven y envejecer mejor no son exactamente lo mismo.

Podemos vernos bien y, sin embargo, tener la presión arterial elevada, dormir mal, perder masa muscular o comenzar a desarrollar resistencia a la insulina. También puede ocurrir lo contrario: mirarnos al espejo y sentir que hemos envejecido, mientras nuestra fuerza, capacidad cardiovascular y salud metabólica se mantienen en buenas condiciones.

El problema es que no existe una relación perfecta entre lo que vemos por fuera y lo que está ocurriendo dentro de nosotros.

Dos personas de la misma edad pueden incluso parecer físicamente similares y, sin embargo, estar envejeciendo de maneras muy diferentes. Una puede conservar fuerza, energía y una buena capacidad cardiovascular, mientras la otra comienza a acumular cambios metabólicos o pérdida de masa muscular.

El espejo no puede mostrarnos esas diferencias.

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Cuando necesitamos algo más que mirarnos

Los exámenes médicos nos entregan mucha más información. Podemos medir la glicemia, el colesterol, la presión arterial, la función renal o numerosos otros parámetros. También podemos evaluar nuestra fuerza, composición corporal y capacidad física.

Pero cada uno nos muestra una parte de la historia.

Lo que durante mucho tiempo nos ha faltado es una referencia capaz de responder una pregunta diferente: si todos esos pequeños cambios que ocurren en nuestro organismo pueden, de alguna manera, revelar a qué ritmo está pasando el tiempo dentro de nosotros.

Y es precisamente allí donde aparece una idea que hace algunos años parecía casi imposible: Y si pudiéramos medir nuestra edad biológica?

Envejecer mejor no significa detener el tiempo, sino conseguir que nuestras decisiones de hoy nos permitan llegar mejor a los años que vienen.

La posibilidad de tener un reloj interno

Frente a esa incertidumbre, la ciencia lleva años buscando una forma de estimar algo que hasta hace poco parecía imposible: nuestra edad biológica.

Te cuento, en simple, cómo funciona esto que, hace algunos años, parecía ciencia ficción.

En el laboratorio se toma una muestra, generalmente de sangre, y se estudia su ADN. Sabemos que, con el paso de los años, van apareciendo determinados cambios en las señales que acompañan al ADN, así como aparecen canas o líneas de expresión en la piel. Cuando muchas de estas señales se analizan en conjunto mediante un algoritmo, obtenemos lo que conocemos como un reloj epigenético.

Una de las señales más estudiadas es la metilación del ADN. Podríamos imaginarla como pequeñas marcas químicas que aparecen en determinados lugares y cuyo patrón va cambiando a lo largo de la vida.

Los investigadores conocen muchos de esos patrones porque los han estudiado en miles de personas de distintas edades. Por eso, cuando reciben una nueva muestra, pueden comparar sus señales con aquellas que habitualmente encuentran en personas de 30, 40, 50 o 70 años.

Así pueden estimar qué “edad” parece tener ese material biológico.

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Cuando nuestros hábitos también dejan huella

Pero estas señales no dependen solamente del calendario. Algunas también se han relacionado con nuestra salud y con aquello que hacemos o dejamos de hacer a lo largo de la vida. La alimentación, el ejercicio, el tabaco, el sueño, determinadas enfermedades e incluso algunas condiciones ambientales pueden asociarse con diferencias en estos patrones.

En otras palabras, dos personas que tienen 55 años en su carnet no necesariamente muestran las mismas señales biológicas de envejecimiento. Y eso abre una posibilidad que hace algunos años parecía extraordinaria.

Si una persona cambia sus hábitos (alimentación, ejercicio o sueño) o recibe alguna intervención (farmacológica o de suplementación), podríamos tomar una muestra antes, repetirla después y observar si algunos de esos patrones biológicos también cambiaron.

Por primera vez empezamos a tener algo parecido a aquella referencia que buscábamos al comienzo de este artículo: una señal que podría ayudarnos a saber si algo está cambiando por dentro.

Pero inmediatamente aparece otro problema: existen varios relojes epigenéticos y no todos observan las mismas señales ni fueron construidos para responder las mismas preguntas.

Entonces, antes de utilizar uno para afirmar que estamos envejeciendo más lento, necesitamos responder algo mucho más básico: Qué tan bien funcionan realmente estos relojes cuando nuestra vida cambia?

Eso es precisamente lo que un estudio publicado recientemente en Nature Medicine intentó averiguar.

Podemos cambiar la velocidad a la que envejecemos?

Y aquí llegamos probablemente a la pregunta que más nos interesa. Si estos relojes son capaces de detectar algunas de las huellas que deja el envejecimiento, pueden también registrar lo que ocurre cuando cambiamos nuestra forma de vivir?

Los investigadores reunieron información de 51 estudios realizados en seres humanos, en los que se habían tomado muestras antes y después de distintas intervenciones: cambios en el estilo de vida, suplementos y tratamientos farmacológicos.

Luego analizaron esos datos utilizando 16 relojes epigenéticos diferentes.

¿Y qué encontraron?

Edad biológica, genética y hábitos que influyen en el envejecimiento
Genética, hábitos, salud y entorno van dejando su huella a lo largo de nuestra vida

Los hallazgos nos conducen a algo importante

Algo bastante interesante: algunas de las señales asociadas al envejecimiento sí podían cambiar.

Determinadas intervenciones producían modificaciones que podían ser detectadas por estos relojes. Y entre ellas estaban también algunas relacionadas con el estilo de vida.

Esto no significa que podamos borrar diez años de nuestra edad haciendo ejercicio durante algunas semanas, cambiando nuestra alimentación o tomando un suplemento.

Significa algo más sencillo, pero quizás mucho más importante: algunas de las señales biológicas asociadas al envejecimiento parecen ser dinámicas.

Nuestro organismo no solamente acumula años. También va dejando señales de lo que ocurre durante esos años.

El estudio mostró además que no todos los relojes eran igualmente buenos para detectar esos cambios. Los diseñados para observar el ritmo de envejecimiento o riesgos relacionados con la salud respondían mejor que aquellos creados principalmente para calcular nuestra edad cronológica.

Por eso todavía no basta con hacerse cualquier examen de “edad biológica” y quedarse con el número que aparece en el resultado.

Que un reloj cambie tampoco significa que hayamos rejuvenecido, pero sí nos acerca un poco más a algo que buscábamos desde el comienzo de este artículo: poder observar si las decisiones que tomamos hoy están dejando alguna huella en la manera en que envejecemos.

Y qué podemos hacer hoy, mientras esperamos un reloj perfecto?

Después de leer todo esto podríamos quedarnos con la sensación de que todavía tendremos que esperar algunos años para saber cómo estamos envejeciendo, pero no es exactamente así.

Mientras los relojes epigenéticos continúan perfeccionándose, existen otras formas bastante más sencillas de aproximarnos a nuestra edad biológica.

Una de ellas es PhenoAge, un modelo que utiliza nuestra edad cronológica y nueve parámetros que podemos obtener a partir de exámenes de sangre relativamente habituales. Al introducir esos datos en una fórmula, obtenemos una edad estimada expresada en años.

Así, una persona de 55 años podría obtener una edad fenotípica de 49. Otra, también de 55, podría obtener 62. Y ahí comienza a aparecer aquella referencia que buscábamos al comienzo de este artículo.

No necesitamos mirar solamente el resultado una vez. Podemos corregir aquello que necesita ser corregido: alimentación, ejercicio, sueño, peso, factores metabólicos o enfermedades, y volver a medirlo algunos meses después.

Podemos además acompañarlo de algo que ningún reloj debería reemplazar: cómo está funcionando nuestro cuerpo.

Nuestra presión arterial, masa muscular, fuerza, capacidad cardiovascular, composición corporal y calidad del sueño también nos cuentan cómo estamos llegando a cada etapa de la vida.

Quizás hoy no exista un único reloj perfecto capaz de resumir todo nuestro envejecimiento. Pero sí podemos construir una imagen bastante más completa que hace una década y, sobre todo, podemos seguirla en el tiempo.

Porque si nuestra edad biológica estimada disminuye, nuestra fuerza aumenta, nuestros parámetros metabólicos mejoran y nuestra capacidad física se conserva, comenzamos a transformar aquel esfuerzo invisible del comienzo en algo que podemos observar.

No para competir contra el calendario. Sino para responder una pregunta mucho más importante: Estoy llegando mejor a los años que vienen?

El futuro parece lejano hasta que un día descubrimos que llevamos años construyéndolo.

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Dr. Eduardo Oyarse
Dr. Eduardo Oyarsehttps://soloestetica.cl
Cirujano Plástico en Clínica Alemana de Santiago. Director médico del centro The Spa (www.the-spa.cl). Master en Medicina Antienvejecimiento. Sus áreas de interés son liposucción, cirugía mamaria y rejuvenecimiento facial no quirúrgico
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