Y si envejecer YA NO fuera irreversible?

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Durante miles de años aceptamos una idea que parecía tan evidente que nadie se detenía a cuestionarla. Nacemos, crecemos, envejecemos y finalmente morimos. Era parte del orden natural de las cosas. De hecho, gran parte de nuestra cultura, nuestras religiones y nuestras sociedades se construyeron alrededor de esa certeza.

Por eso llamó la atención una noticia publicada recientemente en distintos medios científicos internacionales. Investigadores de la empresa biotecnológica Life Biosciences iniciaron el primer ensayo clínico en humanos basado en una estrategia que busca revertir algunos aspectos del envejecimiento celular. El estudio está orientado inicialmente a enfermedades oculares asociadas a la edad, y representa la primera vez que una terapia de este tipo da el salto desde el laboratorio hacia pacientes reales.

No se trata de una crema antiedad. Tampoco de un suplemento milagroso. Ni siquiera de un tratamiento pensado para verse más joven.

Sin embargo, detrás de esta investigación se esconde una pregunta mucho más profunda.

¿Y si algunas células pudieran recuperar parte de las características que tenían cuando eran más jóvenes?

La sola idea parece sacada de una novela de ciencia ficción. Y, sin embargo, hoy está siendo estudiada en seres humanos.

Por primera vez el envejecimiento dejó de ser visto únicamente como un destino inevitable

La paradoja de nuestro tiempo

Hay algo profundamente curioso en la época que nos tocó vivir. Nunca antes habíamos tenido tanto conocimiento sobre cómo cuidar nuestra salud. Sabemos que el ejercicio reduce el riesgo de múltiples enfermedades. Sabemos que dormir bien influye en el sistema inmune, en el metabolismo e incluso en la salud cerebral. Sabemos que la alimentación importa. Sabemos que fumar daña prácticamente todos los órganos del cuerpo. Sabemos que el exceso de peso, el sedentarismo y el estrés crónico aceleran numerosos procesos asociados al envejecimiento.

Y aun así, muchas veces vivimos como si esa información no existiera.

Por eso resulta inevitable preguntarse si existe una contradicción en todo esto. Mientras mantenemos estilos de vida que aceleran el deterioro biológico, buscamos con entusiasmo tecnologías capaces de revertirlo. Como si estuviéramos intentando reparar en el laboratorio aquello que seguimos dañando en la vida cotidiana.

No es una crítica. Es simplemente una observación. Quizás porque, en el fondo, todos compartimos el mismo deseo: vivir más, vivir mejor y, si fuera posible, conservar durante más tiempo aquello que asociamos con la juventud.

¿Estamos intentando retrasar el reloj o darle cuerda nuevamente?

Durante años, gran parte de la investigación sobre envejecimiento tuvo un objetivo relativamente modesto: intentar ralentizar el proceso. Dormir mejor. Comer mejor. Hacer ejercicio. Controlar la inflamación. Reducir el estrés oxidativo.

Incluso algunas investigaciones sugirieron que ciertos hábitos o nutrientes podrían influir sobre los telómeros, unas pequeñas estructuras ubicadas en los extremos de nuestros cromosomas que funcionan como protectores del material genético.

Una forma simple de imaginarlos es como las puntas plásticas de los cordones de los zapatos. Con cada división celular, esos protectores se van desgastando un poco más. Y cuando se vuelven demasiado cortos, la célula pierde parte de su capacidad para funcionar correctamente.

No son el único mecanismo del envejecimiento, pero sí uno de los más estudiados.

Por eso generó interés que algunos trabajos observaran que mantener niveles adecuados de vitamina D podría asociarse a una menor velocidad de acortamiento de los telómeros. Es decir, podría ayudar a enlentecer uno de los relojes biológicos que utilizamos para estudiar el envejecimiento.

Pero incluso si eso fuera cierto, la lógica seguía siendo la misma: intentar frenar el reloj.

Lo que ahora se está investigando es algo mucho más ambicioso. Ya no se trata solamente de hacer que el reloj avance más lento. Se trata de preguntarse si algún día podremos mover sus manecillas hacia atrás.

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Cuando la juventud también puede ser un riesgo

Cada vez que aparece una tecnología revolucionaria solemos concentrarnos en sus beneficios. Pero también es necesario hablar de sus riesgos. Las células jóvenes poseen una enorme capacidad de crecimiento, reparación y adaptación. Y precisamente uno de los grandes desafíos de estas investigaciones consiste en evitar que esos mecanismos se descontrolen.

Después de todo, el cáncer podría entenderse, de manera muy simplificada, como una forma de crecimiento celular que ha perdido sus límites y sus mecanismos normales de regulación. Por eso los científicos avanzan con extrema cautela. No basta con rejuvenecer una célula. Hay que asegurarse de que siga comportándose como una célula normal.

Es uno de los desafíos más complejos de la medicina moderna y probablemente una de las razones por las que aún estamos dando apenas los primeros pasos.

Un desafío que va mucho más allá de la medicina

Si algún día estas tecnologías demostraran ser efectivas, sus consecuencias irían mucho más allá de los hospitales.

  • ¿Cómo cambiaría nuestra idea de la jubilación?
  • ¿Cómo financiaríamos vidas más largas?
  • ¿Qué ocurriría con los sistemas de salud?
  • ¿Cómo afectaría a la organización de nuestras ciudades?
  • ¿Y qué desafíos plantearía una población que envejece más lentamente?

Son preguntas que hoy parecen lejanas, pero también parecía lejana la posibilidad de modificar células envejecidas.

La historia nos ha enseñado que los avances científicos suelen llegar primero al laboratorio y después a la vida cotidiana. Y cuando eso ocurre, terminan transformando mucho más que la medicina. Transforman la manera en que vivimos.

¿Era Highlander tan fantasiosa?

Quizás todavía falten décadas para saber si estas investigaciones terminarán cambiando realmente la medicina. Tal vez muchas fracasen. Tal vez otras abran caminos que hoy ni siquiera imaginamos. La ciencia suele avanzar mucho más lentamente de lo que sugieren los titulares.

Pero hay algo que ya cambió.

Por primera vez, el envejecimiento dejó de ser visto únicamente como un destino inevitable y comenzó a estudiarse como un proceso biológico potencialmente modificable. Eso no significa que debamos abandonar el ejercicio, la alimentación saludable o el sueño reparador esperando una solución mágica. Hoy siguen siendo las herramientas más poderosas que conocemos para envejecer mejor.

Sin embargo, resulta difícil no sentir cierta fascinación frente a la pregunta que se abre ante nosotros. Durante siglos aceptamos que el envejecimiento era una dirección única. Ahora comenzamos a preguntarnos si existe la posibilidad de recorrer parte del camino de regreso.

Quizás Highlander siga siendo una fantasía. Quizás no.

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Lo verdaderamente interesante es que, por primera vez, la ciencia parece dispuesta a explorar esa posibilidad.

Y tal vez ese sea el verdadero cambio de nuestra época: no haber encontrado todavía la respuesta, sino habernos atrevido a formular una pregunta que durante miles de años parecía imposible.

¿Y si envejecer YA NO fuera irreversible?

Dr. Eduardo Oyarse
Dr. Eduardo Oyarsehttps://soloestetica.cl
Cirujano Plástico en Clínica Alemana de Santiago. Director médico del centro The Spa (www.the-spa.cl). Master en Medicina Antienvejecimiento. Sus áreas de interés son liposucción, cirugía mamaria y rejuvenecimiento facial no quirúrgico
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