Por qué siento que tengo peor memoria que antes?

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Hay una escena que se repite cada día en miles de hogares: una persona entra a una habitación y, de pronto, se queda inmóvil. Sabe que iba a hacer algo. Lo tenía claro hace apenas unos segundos. Pero al llegar, la razón se ha evaporado.

Entonces aparece la pregunta: Me estaré poniendo viejo?

Para muchos, cualquier olvido comienza a asociarse inmediatamente con el envejecimiento. Recordar menos nombres, olvidar dónde quedaron las llaves o tener dificultades para concentrarse durante una conversación suele interpretarse como una consecuencia inevitable del paso del tiempo.

Sin embargo, la realidad podría ser bastante más compleja. Y, en muchos casos, también más esperanzadora.

Porque la memoria no depende únicamente del cerebro. Depende de cómo dormimos, de cómo nos alimentamos, de cómo manejamos el estrés y de cómo funcionan una serie de sistemas que trabajan silenciosamente todos los días para mantenernos en equilibrio.

Curiosamente, muchas veces la historia comienza varias horas antes de que aparezca el olvido.

Cuando alguien me dice que tiene peor memoria, pienso en cuánto tiempo lleva ignorando las pequeñas señales que el cuerpo ha intentado mostrarle

Todo comienza mientras dormimos.

Durante la noche, el cerebro no se apaga. De hecho, realiza algunas de sus tareas más importantes. Organiza recuerdos, consolida aprendizajes, elimina productos de desecho metabólico y prepara la información que utilizaremos al día siguiente.

Por eso, cuando alguien me comenta que tiene mala memoria, una de mis primeras preguntas no es acerca de los olvidos. Suelo preguntar cómo está durmiendo. Porque existe una diferencia enorme entre estar acostado ocho horas y tener un sueño realmente reparador.

Muchas personas se despiertan varias veces durante la noche sin darle importancia. Otras se levantan al baño, vuelven a dormirse con dificultad o sienten que, al despertar, siguen cansadas a pesar de haber permanecido suficientes horas en la cama. Con el tiempo, esta fragmentación del sueño puede comenzar a reflejarse en la concentración, la velocidad mental y la capacidad para recordar información reciente.

Y no siempre somos conscientes de ello.

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A veces atribuimos el problema a la edad cuando, en realidad, el cerebro simplemente está trabajando con menos descanso del que necesita. Y a esto se suma otro fenómeno propio de la vida moderna: vivimos rodeados de estímulos. Pantallas hasta altas horas de la noche. Jornadas laborales extensas. Estrés permanente. Notificaciones constantes. Horarios irregulares.

Nuestro organismo evolucionó durante miles de años siguiendo la salida y la puesta del sol. Sin embargo, en apenas unas generaciones hemos transformado completamente nuestra relación con la luz, el descanso y los ritmos biológicos. El resultado es que muchas personas viven en un estado de activación casi permanente. Y uno de los centros que más sufre esta situación es el hipotálamo.

Aunque pocas personas han escuchado hablar de él, esta pequeña estructura cerebral participa en funciones tan importantes como el sueño, el hambre, la temperatura corporal, el manejo del estrés y los ritmos circadianos. Es, en cierto modo, uno de los grandes coordinadores del organismo.

Cuando los horarios son caóticos, el estrés se vuelve crónico y el sueño pierde calidad, esa coordinación comienza a deteriorarse. A veces, los primeros síntomas no son espectaculares. Simplemente aparece una sensación difícil de definir: menos energía, más cansancio, menor capacidad de concentración y una memoria que ya no parece responder igual que antes.

La nutrición, otro elemento olvidado

Algunos nutrientes participan activamente en el funcionamiento cerebral y en la calidad del sueño. El zinc, por ejemplo, interviene en múltiples procesos relacionados con la comunicación entre neuronas y la plasticidad cerebral. El calcio, por su parte, no solo forma parte de nuestros huesos. También participa en mecanismos neurológicos vinculados al descanso y la actividad cerebral.

No se trata de afirmar que un déficit aislado explique todos los problemas de memoria. El organismo humano es mucho más complejo que eso. Pero sí nos recuerda una verdad importante: el cerebro depende de todo el cuerpo. Lo que ocurre en nuestras hormonas, en nuestro metabolismo, en nuestros hábitos y en nuestra alimentación termina influyendo en nuestra capacidad para pensar, recordar y aprender.

Por eso me parece interesante cambiar la forma en que interpretamos estos síntomas. Tal vez la mala memoria no sea el problema principal. Tal vez sea el mensaje. Una señal temprana que nos invita a observar cómo estamos viviendo. Porque muchas veces el cerebro no es el culpable. Es simplemente quien da la alarma primero.

Como médico, cuando alguien me dice que siente que tiene peor memoria, no pienso inmediatamente en su edad. Pienso en cómo está durmiendo. Pienso en sus niveles de estrés. Pienso en sus hábitos diarios. Y pienso en cuánto tiempo lleva ignorando las pequeñas señales que el cuerpo ha intentado mostrarle.

A veces, detrás de un olvido aparentemente insignificante, existe una oportunidad mucho más importante: la de recuperar hábitos que permitan no solo recordar mejor, sino también vivir mejor.

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Dr. Eduardo Oyarse
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Cirujano Plástico en Clínica Alemana de Santiago. Director médico del centro The Spa (www.the-spa.cl). Master en Medicina Antienvejecimiento. Sus áreas de interés son liposucción, cirugía mamaria y rejuvenecimiento facial no quirúrgico
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