El dolor persistente, antiguamente llamado dolor crónico, se ha transformado en las últimas décadas en una epidemia a nivel mundial. Tanto es así, que más del 20% de la población del planeta presenta un dolor persistente, convirtiéndose en la primera causa de gasto público de salud en el mundo.
En Chile los últimos estudios epidemiológicos nos dicen que 1 de cada 3 chilenos presenta un dolor persistente. Y hablando en cuánto al gasto público producto de esta patología, podemos decir que es de 550 mil millones de pesos al año.
Entonces, ¿Qué es el dolor persistente? El dolor persistente es un dolor duradero en el tiempo (más de 3 meses), reiterativo y que por lo general no tiene buenos resultados con el tratamiento convencional.
Por lo tanto hoy en día es considerado una enfermedad en si misma, ya que la región donde se encuentra el dolor (columna, hombros, caderas u otros lugares del cuerpo), no necesariamente tiene un problema físico o lesión local.
Incluso, aunque una imagen como una radiografía o resonancia magnética así lo diga, ésta puede ser simplemente el lugar donde se manifiesta el síntoma al que llamamos dolor y no la causa de éste.
El síntoma de dolor, cuando es persistente, es una expresión de alerta del sistema nervioso central, que se puede hacer presente en el cuerpo tanto en un lugar específico, como de manera global. Es importante saber que por lo general está ligado a una mezcla de factores biopsicosociales que influyen en esta alerta.
Que son los factores biosicosociales?
Es una amplia gama que van desde problemas físicos y metabólicos hasta problemas conductuales, pasando por temas emocionales y hábitos de vida. De hecho, no es raro escuchar a alguien decir “cuando tengo estrés me duele el colon”, “estoy con problemas familiares y ando con dolor de cuello” o “dormí mal y me duele la cabeza”. Quién podría decir que no ha vivido algo así?
Qué dice la evidencia científica al respecto?
Existe evidencia científica contundente para señalar que el dolor persistente es multifactorial y biopsicosocial. Dentro de los factores más estudiados podemos nombrar:
- Factores mecánicos: Esto hace referencia a falta de movilidad, flexibilidad y/o fuerza de los tejidos, lo que conduce a un estado de aprensión, amenaza o fragilidad por parte del sistema nervioso.
- Hábitos de vida: Los hábitos que más influyen son 1) horas y calidad del sueño, 2) tipo de alimentación y 3) ejercicio. Si duermo poco, me alimento con ultra-procesados y/o soy sedentario, tengo más posibilidades de producir dolor.
- Factor emocional: Estados como la depresión, ansiedad, angustia o estrés post traumático, además de emociones como el miedo, la rabia o las sensaciones de injusticia pueden producir o aumentar el dolor.
- Factor cognitivo/conductual: Lo que sé, lo que creo o lo que pienso con respecto a mi problema puede aumentar o disminuir el dolor. Si mis creencias o pensamientos son negativos y con tendencia a la desesperanza, mis conductas no serán acordes a una recuperación y el dolor puede aumentar. En cambio, si mis creencias o pensamientos tienen una tendencia hacia lo positivo, es probable que mis conductas sean más asertivas hacia la recuperación, lo que me ayudará a afrontar el problema y posiblemente superarlo.
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Finalmente, es importante considerar que el dolor persistente es multifactorial, por lo tanto, para aprender a convivir con él, disminuirlo y tal vez quitarlo, es importante que el abordaje del dolor sea considerando todos los factores influyentes, idealmente acompañado por especialistas y siempre poniendo el foco en las motivaciones que me llevan a afrontar y superar el dolor.